Hay una pregunta que muchas mujeres se hacen cuando los hijos crecen, cuando la casa se queda más tranquila, ¿quién soy yo, más allá de todo lo que he dado a los demás?
Un trabajo que casi nadie ve
Durante años, muchas mujeres han sostenido su casa, su familia, sus relaciones… con un trabajo que no aparece en ninguna nómina: criar, cuidar, organizar la vida de todos. Un trabajo real, que puede cansar, y que no tiene descanso.
Los datos lo dejan muy claro. En toda América Latina, las mujeres dedican entre el doble y hasta cinco veces más tiempo que los hombres a las tareas del hogar y del cuidado, y eso les quita tiempo para trabajar fuera, formarse o tener un rato para ellas. Solo en México, este trabajo no pagado supone casi una cuarta parte de todo lo que produce el país, más que sectores como la industria o el comercio. Y de ese enorme aporte, las mujeres ponen el doble que los hombres.
Pero el coste no es solo de tiempo. Varios estudios señalan que llevar tú sola el peso del hogar afecta a la salud mental, no solo por el cansancio físico, sino por lo que llaman «carga mental». Ir pensando todo el día en qué falta, qué hay que organizar, quién necesita qué… una carga que no necesariamente se ve, pero que agota.
Y hay algo todavía más de fondo: durante mucho tiempo, lo doméstico ha sido el terreno donde a la mujer se le ha pedido demostrar su valor<cite index=»5-1″>.</cite> Y cuando construyes quién eres casi solo alrededor de cuidar a otros, ¿qué queda cuando esos otros ya no te necesitan igual?
Cuando el papel que tenías se acaba, ¿qué queda?
A esa pregunta muchas mujeres le ponen nombre en la mediana edad: el famoso «síndrome del nido vacío». Es una etapa de cambio que suele darse entre los 40 y los 55 años, cuando los hijos se van de casa, la maternidad deja de ocupar el centro del día a día, o cambia la relación de pareja. Y ahí surge la pregunta ¿quién soy ahora? La identidad que construiste durante años deja de tener sentido, y en su lugar queda un vacío.
Los estudios coinciden en algo: quienes más sufren esta crisis son las mujeres que dedicaron su vida al hogar y a la crianza sin construir, al mismo tiempo, otras cosas propias: aficiones, amistades, proyectos, intereses. Lo resume muy bien una frase que se repite en varios estudios sobre el tema: el problema nunca fue el nido vacío, sino la mujer vacía.
La buena noticia es que esta etapa, si se acompaña bien, no tiene por qué ser el final de nada. Puede ser justo el principio de una vida más tuya.
Los obstáculos son reales (y no tienen nada que ver con «falta de ganas»)
Cuando una mujer decide, después de años cuidando a otros, empezar a mirarse a sí misma, no se encuentra el camino fácil. Se encuentra sobre todo con esto:
- La culpa por ocuparse de una misma. Después de años en los que tu valor estaba en atender a los demás, dedicarte tiempo, dinero o energía a ti puede sentirse como algo egoísta.
- No saber muy bien quién eres. Cuando tu identidad lleva años construida alrededor de ser madre, cuidadora o el pilar de la casa, volver a preguntarte qué te gusta, qué quieres o para qué vales puede resultar desorientador.
- El cansancio acumulado. No es solo cansancio del cuerpo, es la carga mental de años. Empezar cualquier cosa nueva desde ese agotamiento cuesta mucho más.
- No tener un espacio propio. Muchas mujeres no tienen una red de amigas o de contactos, porque su vida social giraba en torno a la familia. Reconstruir eso lleva tiempo, y sobre todo necesita un lugar seguro donde empezar.
- El miedo a qué van a decir. «¿A estas alturas, empezar algo nuevo?» es una frase que muchas mujeres se dicen a sí mismas, y que también escuchan de su entorno.
- No encontrar las palabras para lo que sienten. Años posponiendo tus propias emociones para atender las de los demás hacen que cuando por fin hay hueco para mirar hacia dentro, cueste.
Este último punto es importante, porque explica por qué la terapia de «solo hablar» a veces no es suficiente en este momento de la vida: llevan años sin espacio ni palabras para decirlo.
Por qué el arte llega donde a veces la palabra no llega
Aquí es donde la arteterapia ayuda de una forma distinta. No te pide explicar con palabras exactas algo que todavía ni tú misma tienes claro, ni empezar por la cabeza. Deja que emociones, recuerdos e intuiciones que llevaban años calladas encuentren primero una forma. Un color, una textura, una imagen, antes de convertirse en palabras.
Y esto no es solo una idea bonita, hay estudios que lo respaldan. La arteterapia ayuda a regular las emociones y baja el estrés y la ansiedad: un estudio de la Asociación Americana de Arteterapia encontró que el 75% de las personas que hicieron sesiones de arteterapia notaron una bajada clara del estrés y la ansiedad. Y se ha visto también que crear activa zonas del cerebro relacionadas con manejar mejor las emociones y ser más fuertes por dentro.
Pero más allá de calmar, la arteterapia acompaña algo más grande: el proceso de volver a encontrarte contigo misma. Una tesis doctoral centrada solo en arteterapia con mujeres concluye que los grupos de arteterapia ayudan directamente a subir la autoestima, ganar autonomía y sentirse más empoderada. Otros estudios con mujeres adultas cuentan cambios muy concretos tras los talleres: más creatividad, más autoconocimiento y una forma más libre de expresar lo que sienten.
En la práctica, esto se traduce en cosas muy concretas:
- Poner nombre a lo que antes era solo una sensación confusa, creando, sin tener que explicarlo todo.
- Reencontrarte con gustos y talentos propios que quedaron aparcados durante años cuidando de otros.
- Reconstruir tu autoestima desde la experiencia de crear algo tuyo, sin necesidad de saber dibujar ni de que quede bonito: en arteterapia importa más el camino que el resultado.
- Vivir el duelo de roles que van cambiando como la crianza activa o el cuidado constante, sin que eso signifique perder quién eres.
- Encontrarte con otras mujeres que están pasando por algo parecido, en espacios de grupo donde compartir rompe la soledad y hace que lo que sientes se sienta más normal.
Una etapa, no un final
Nada de esto quiere decir que el vacío que muchas mujeres sienten en esta etapa sea un fallo tuyo. Es justo lo contrario: es una etapa de cambio. Una etapa que, si se acompaña bien, puede ser el principio de una vida más elegida.
La arteterapia no promete borrar años de cansancio ni resolver de un día para otro una pregunta como «¿quién soy ahora?». Pero sí te da algo muy concreto: un espacio seguro, sin exigencia de que quede perfecto, donde esa pregunta puede empezar a explorarse con las manos, con el color, con la forma. Un lugar donde no estás ahí para cuidar de nadie más que de ti misma.
Referencias
DGBSDI-UNAM. (2024, 11 de octubre). Trabajo doméstico no remunerado. https://cinig.dgb.unam.mx/index.php/bibliotecas-unam-con-perspectiva-de-genero/notas-informativas/282-trabajo-domestico-no-remunerado
ONU Mujeres. (2016). Trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. https://mexico.unwomen.org/sites/default/files/Field%20Office%20Mexico/Documentos/Publicaciones/2016/TRABAJO%20DOME%CC%81STICO%20Serie%20Transformar%20nuestro%20mundo.pdf
